bonus track: de la aceptación y otras amarguras necesarias [AMP]
15 de febrero de 2024. 12:32 a.m. & 16 de febrero de 2024. 11:00 p.m.
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Soy diferente.
Esa es una obviedad, por supuesto. Más bien, hace no mucho (¿ayer?) pude confirmar mi carácter de «otro», no como ser quien soy porque no soy otra cosa, sino en el sentido de «mundo versus otredad».
Lo veo en la forma en que me miran sus ojos, en las pausas que toma después de que termino de hablar y justo antes de darme una respuesta, en los guantes de seda que lleva cada vez que nos cruzamos y en el cambio [apenas humano, emocional] en su discurso, de certeza a incertidumbre.
De repente puedo oír con claridad sus voces hablando de mí, con cautela, aunque realmente no están allí.
Lo puedo notar.
Me di cuenta.
Plot twist [y alerta de spoiler]: soy como Leo DiCaprio en «La Isla Siniestra». Ya no es maja, quien va y se sienta en ese sillón a pasarle a una confidente un temario a modo de listado en orden de importancia, sino que ahora [siempre, en realidad] es Maja, la enferma.
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Tengo una disputa activa con la Real Academia Española. De esas con final feliz, que en este caso vendría siendo una separación por diferencias irreconciliables. Sin embargo, por old times sake, voy a cederle una última autoridad [en público] para definir ese término aquel. Enferma: adjetivo, usado también como sustantivo, que significa [puede significar, entre otras miles de cosas] que padece enfermedad.
Enfermedad. Desde su etimología [infirmitas, en latín], podría traducir «debilidad» o «flaqueza». Una serie de situaciones dentro de un ser vivo que alteran su funcionamiento, de forma más o menos grave, en un sentido perjudicial para su salud; o algo así vendría siendo una potencial definición, juntando varias que leí. Ahora, ¿la significación? Ese va siendo un cuento distinto. Más crudo que un par de frases acartonadas impresas en un diccionario o compuestas por píxeles en una pantalla de computador. Tan vivo como cualquiera, haciendo la sangre correr por las venas, la sal por la cara y robándome el oxígeno cada tanto durante el día.
Eclesiastés nos dice [3:1-8] que hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo, entre esas cosas el estar de luto y el bailar. Así que me permito este espacio de morir y enlutar. De destruir[me] y deconstruir[me], hasta que llegue el tiempo de nacer y recoger las piedras con las que me lapidé. El de danzar sobre los escombros. Me permito sentir, dejar que venga el torbellino, observarlo tomar vuelo y arrasar con mi casa, y luego dejarlo partir.
Entre otras verdades que conozco, también sé que mi identidad no se reduce a un simple adjetivo. No me pienso atar. Pero bueno, ¡tampoco me pienso privar de este momento de duelo! Con esta bendita costumbre de saltarme etapas, queriendo aplicar la lógica a todo antes de sentir y soltar.
Así que de vuelta al proceso de significación.
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Abrir los ojos, descubrir la verdad a medias [mentira] en la que vivía y asimilar la realidad en la que he estado inserta [sin saberlo], casi que en modo avión, durante años… ¿Qué significa eso? Aceptación, por una parte. Resulta que ser [¿o mejor estar?] enferma no se interioriza al escuchar el diagnóstico concluido por la profesional. Ni siquiera padeciendo los síntomas. Ni siquiera aplicando el tratamiento. Ni siquiera pasando el cerebro, cual esponja, por cuanto libro y enciclopedias en línea se atraviesen frente a mí.
La aceptación no me tenía que convertir en mártir emocional y líder espiritual de mis discípulos atentos a cada palabra que formaban mis dedos al escribir, narrando mi travesía, animándolos a seguir poniendo un pie frente al otro, aun en medio de las mortales olas. La verdadera aceptación primero me tenía que derrumbar. Por lo que es oficial.
Por otra parte, la muerte trae consigo cambio, y el cambio trae a su vez novedad. Y aunque aquí nadie se ha muerto de verdad verdad [físicamente], el ataúd casi que se quiebra con el peso de un cuarto de siglo vivido [y sufrido, también] que ya no va más. La casa queda vacía, pero solo por un momento [¿cuánto?], porque esperamos a la nueva inquilina. Así que ocupo mi tiempo [tendría que hacerlo] barriendo y limpiando el polvo. Enderezando los cuadros torcidos de la pared y perfumando mis habitaciones. Reorganizando las instantáneas pegadas con cinta en la pared, dándoles un sentido y un rol: nostalgia [¿inspiración, tal vez?].
Reproduciendo nuestras canciones preferidas, para que una sensación de familiaridad le
regule la ansiedad; porque ella todavía no se conoce a sí misma y está muerta de miedo,
redescubriendo cada esquina y cada pasillo, como si jamás los hubiera visto.
Una segunda revelación que me puso de rodillas, clamando piedad: ese cambio y esa
novedad podrían no significar bienestar. Jamás. Es más, podría perpetuar esa infirmitas para el resto de mi vida. Sí habría una muerta, y no tan solo de miedo, pero la que vendría en reemplazo no sería mejor. De eso tampoco me cabe duda.
Hay un momento para todo. Y a pesar de que las palabras de aliento flotan en cámara
lenta sobre las paredes de ese lugar [casa a.k.a. mente], intentando sofocar mi aflicción, este no es el tiempo de sanar. Es el de perder. Con la convicción de que puedo matar y comer del muerto [figurativo] porque, al final, la vida sola se equilibra y todo resultará a mi favor, pero con mi atención indivisible sobre el tiempo presente.
Derrumbada como estoy, imagino un pasto recién podado y fresco, sobre el que me acuesto mirando hacia al cielo. Miro las estrellas, me emociono un poco [demasiado] al reconocer la constelación auriga y por lograr distinguir cada vez más los puntos [objetos, esferas, cuerpos] celestes que forman el arco de Orión. Pongo mi mano bajo mis costillas y respiro profundísimo. ¿Qué me espera, Dios? No tengo fuerzas, no tengo ánimo, no tengo [dinero, ni nada que dar…]. Focus. Suelto el aire. Inhalo de nuevo. ¿Qué es de mi futuro, Dios? Estoy tan cansada, no quiero ser quien soy, ni otra cosa, ni nada, ni nadie. No aguanto un subibaja más. Suelto el aire.
El punto rojo en el cielo es Betelgeuse, una estrella supergigante. Sonrío por recordar. Por saber. Son pequeños momentos de auténtica dicha que me llevan de la mano, por simples que parezcan. Me gusta pasar tiempo contigo. Sé que respetas mis tiempos, así yo no comprenda los tuyos. Solo confío [o eso intento].
¿Qué será de mí, Dios? Mientras tanto, la vida continúa sin receso.
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