Tomar el bus [cuento]

Tomada por: mi hermano Garyo, en Australia. :)

Esta es la historia de un hombre que debía llegar a la autopista para tomar el bus. Estaba parado frente a su edificio, temprano como cada mañana, cuando dio los primeros pasos del día y su pie se dobló en lo que pareció un pestañear de ojos. Esto lo desconcertó; era la primera vez que algo tan absurdo, a su consideración, le sucedía. No obstante, se enderezó y procuró continuar... y no pudo. De repente no pudo caminar, no sin dificultad. Hizo el esfuerzo y dio algunos pasos, pero fueron pocos y lacerantes. Confundido, se dispuso a buscar soluciones mientras las personas pasaban y lo miraban: unas con compasión, otras con lástima y otras con indiferencia.

“Cuidado con el cojo, hijo”, le susurró, casi discreta, una madre a su pequeño mientras trataban de pasar por el andén. Cuando alguien intentaba acercarse a él, no llegaban a abrir la boca antes de que el cojo, con una sonrisa practicada y apaciguadora, les hiciera saber que no había problema, que podían irse. 

Intentó apoyarse en la pared y avanzar saltando, pero estaba sucia y tenía por delante varios postes de luz, algunos con bolsas de basura viejas, otros con perros marcándolos como suyos. Probó arrastrando el pie que, ahora y sin previo aviso, estaba enfermo, y funcionó apenas un rato, hasta que el dolor se apoderó de nuevo de su cuerpo, por no decir que se veía extrañísimo haciendo eso. 

Las personas seguían pasando a su lado, mirándolo. Otra intentó acercarse, haciendo un ademán de ofrecer su brazo para ayudar, pero el cojo, ya exasperándose, le indicó con la mano que se hiciera a un lado y se fuera.

Se detuvo un momento y respiró hondo, como empoderándose, como queriendo aspirar toda la fortaleza que se proponía reunir para cumplir su objetivo: llegar a la autopista y tomar el bus. Como lo ha hecho todos los días. 

Como lo hacía, antes de ya no poder.

Decidido a lograrlo como fuera, apretó sus dientes y dio un paso y luego otro, ignorando con deliberación y gran dificultad las corrientes de dolor que corrían a lo largo de su pierna. Uno y otro. Empezaba a sudar y, viendo a un lado, hacia la carretera, contempló un carro avanzar en dirección a la autopista. Cruzó su mirada con la del conductor, un vecino con quien solía intercambiar cortesías y chistes en el ascensor; este lo observó un segundo y redujo la velocidad, pero el cojo volvió la vista al frente y siguió dando pasos, intransigente. 

Uno y otro. 

… Y ni uno más. 

Miró al cielo, atormentado, y bramó una vulgaridad. 

Las personas seguían caminando y mirándolo, unas con preocupación, otras con molestia y otras todavía con indiferencia. Una mujer se acercó rápidamente a él y le dijo: “Procure la calma, por favor, y tenga usted este bastón”. ¡Ay, si las miradas mataran!, el bastón estaría tirado en el suelo, su presunta repulsividad evidente, y ella hecha polvo, trasladándose en el viento. 

“No necesito su bastón, ¡no lo quiero! Haga el favor de largarse, ¿no ve que estoy caminando?”, replicó el cojo, su mente plagada de lamentaciones y maldiciones. Si le respondió algo, no supo, pues las voces en su interior retumbaban a tal intensidad que las podía sentir en sus oídos, pidiendo a gritos salir de allí; de adentro, de ese lugar, de ese día… Solo pudo ver a la buena samaritana alejarse y caminar hacia donde él también quería ir. 

La situación empeoraba y sus fuerzas amainaban. Lágrimas amenazaban con salir de sus ojos y no fue sino apoyar el pie delante suyo, en una suerte de paso, para caer pesadamente de bruces. “¡Dios, ¿por qué?!”, demandaba a gritos rasgados. “¡¿Por qué?!”, insistía e insistía, preso de la desesperación, de la agonía, de la humillación. 

“¡Levántese y deje ya esos alaridos infernales!”, le reclamó un transeúnte irritado. “¿No ve, acaso, que todos tenemos que tomar el bus? Póngase usted en pie y busque la forma de llegar, como nos corresponde a todos los demás”. Y se alejó caminando.

“¿No ve usted que no puedo, aún queriendo?”, murmuró quedamente el cojo, desde el suelo, con la mirada ausente y el aliento entrecortado.

Allí tendido, vio un par de zapatos acercarse a él. Eran tejidos y lucían raídos; caminados, y la presencia que estaba ahora frente a él emanaba un aroma a sándalo y cedro. Pronto escuchó una voz que le propuso: “Tengo estas muletas, tenga usted a bien usarlas, pues ya no necesito de ellas”. 

“Jamás he necesitado muletas para tomar el bus, ¿por qué ahora tendría que hacerlo?”

“Es evidente que su pie lo necesita, señor, y qué agradable coincidencia que justo cuando salía a llevarlas a otro lugar me encuentro con usted”, señaló la voz.

“Pero, ¿es que no entiende? No las necesitaba, nadie más las necesita para tomar el bus, ¿por qué habría de usarlas ahora?”, aseveró el cojo.

“¿Cómo pretende usted hacerlo con su pie en ese estado? Parece que su plan, por bien intencionado que sea, no está dando resultados. Use, por favor, este par de muletas. Le aseguro que se sentirá mejor una vez lo haga”.

El cojo se quedó en silencio, pensativo. Con disimulo, palpó los bolsillos de su pantalón, intentando ubicar su billetera, y maldijo para sí cuando no la halló encima. “No traje mi dinero, así que no puedo pagarle por ellas”, le anunció con amargura. “Tampoco el bus, así que déjeme tranquilo, que no hay nada que pueda hacer”. 

“Son un obsequio, mi amado, así que no sienta usted apremio de nada”, le respondió con dulzura. “Al fin y al cabo, es así como yo las recibí primero. Es así como debe ser”.

“Estoy cansado”, confesó al fin el cojo.

“Imagino que así es, pero todavía puede tomar el bus”.

“¿Cómo? No puedo caminar, y ahora ni siquiera lo puedo pagar”.

“Si ya se ha encargado de las muletas, ¿por qué no habría de hacerlo del bus?”, le invitó a reflexionar la voz. 

“¿De quién habla usted?”, lo cuestionó el cojo.

“Tenga usted a bien usar estas muletas, señor. Hágalo y verá”.

Las personas seguían pasando, observando la escena, y se decían entre ellas: “ya se murió”, “no hay nada qué hacer”. La voz, sin embargo, seguía allí, y extendió su mano al cojo. Él la tomó, aunque con cierta duda, y se dejó levantar. Cuando alzó la mirada, no vio a nadie, solo un par de muletas recostadas contra la pared a su costado y el aroma a madera que se desvanecía en el aire. 

El nudo en su pecho empezó a deshacerse, inexplicablemente, mientras tomaba el obsequio en sus manos y probaba caminar una vez más. 

Un alivio inmenso inundó su ser de tal manera que casi vuelve a caer al suelo de la liviandad. Algo avergonzado, pero con nueva determinación, se dirigió hacia la autopista y sus pensamientos repetían la conversación con aquella particular voz.

Hágalo y verá”.

Cada vez veía más cerca esa carretera principal, pero pensar en el pasaje del bus lo empezaba a atormentar. Cuando por fin llegó a la parada, allí estaba de pie la mujer del bastón. El cojo se detuvo en seco y contuvo el impulso de darse media vuelta y regresar por donde venía; incluso alcanzó a contemplar la excusa de que debía encontrar al hombre de la voz y los zapatos tejidos y las muletas y darle las gracias, o ir a casa a recuperar su billetera, lo que fuera con tal de evitar reencontrarse con su buena samaritana y confrontar cara a cara las consecuencias de su previa grosería. 

“Veo que ya puede caminar, señor”, señaló con cautela la mujer, sin moverse del sitio en el que estaba.

“N-no precisamente”, trastabilló el cojo en su hablar. Carraspeó apenado y prosiguió: “Para caminar de verdad no necesitaría usar estas muletas”.

“¿Quién le dijo que esa era la única forma de caminar?”

“¿Cómo que quién me dijo, señorita? Es lo común”. Parecía obvio para el cojo, una noción evidente, como la forma del agua o la causa y efecto.

“Llegó hasta acá, ¿o no?”, objetó ella. “Es usted prueba viviente de que hay más de una manera de caminar. Por definición, caminar significa andar una determinada distancia, ir de un lugar a otro. Parece, señor, que usted anduvo, en muletas, desde donde estaba hasta acá”.

De nuevo, el cojo se quedó en silencio, pensativo. El nudo en su cabeza empezó a deshacerse, inexplicablemente, mientras tomaba esta nueva versión del concepto y probaba conversar con la mujer una vez más.

“Le quisiera ofrecer mis más grandes disculpas por la forma en la que le hablé unos minutos atrás”, soltó de un tirón. “Me sentía como un animal enjaulado y no medí mis emociones. ¿Podría usted regalarme su perdón?”

Su buena samaritana lo miró a los ojos, con una calidez que solo había recibido de su madre, y le proclamó: “Ya está hecho”.

“¿Qué cosa?”, le preguntó el cojo.

“¿Cuál es su nombre, mi amado?”

“Cojo”, respondió sin pensar.

La mujer alzó delicadamente la ceja y negó con la cabeza. “Dudo que eso aparezca en su documento de identificación. ¿Recuerda su nombre?”

Una vez más, el cojo, no… el hombre se quedó en silencio, con la cabeza retumbando. Allí se dio cuenta de su error y del peso que este traía consigo. Tras cavilar por un segundo que pareció eterno, le dijo su nombre y ella sonrió.

“Ya está hecho”, le repitió. “¿Lo ve?”

Hágalo y verá, recordó sorprendido. Debía de ser coincidencia lo que acababa de escuchar… ¿o no? Mientras dudó cómo responder, el bus llegó y abrió sus puertas. Con comicidad, la mujer le indicó con el bastón que pasara primero, pero él la miró aún dubitativo. 

“No tengo cómo comprar el pasaje, señorita”, admitió para su pesar.

Ella solo se limitó a sonreírle, pacientemente, e insistió en su gesto. 

El nudo en su corazón, uno que no sabía que tenía, empezó a deshacerse, y subiendo despacio, muletas y pies, se encontró frente al conductor.

“Buen día, señor. Siga usted y tome asiento”, le indicó.

“Disculpe, caballero, pero no tengo para pagar el pasaje”.

“¿No sabe usted que hoy es día cívico? Los pasajes van por cuenta de la casa grande”. El hombre abrió los ojos como platos. “Además, vamos a tomar una ruta escénica, pues en este recorrido nos acompaña una historiadora prodigiosa que nos narrará la historia de nuestra ciudad”, explicó el chofer con una sonrisa animada.

La mujer, ahora sonrojada, miró al hombre y asintió. Un aroma familiar a sándalo invadió el bus y el hombre, después de dar las gracias, se sentó junto a la ventana, como hacía todas las mañanas, pero ahora con la paz más grandiosa que jamás había sentido en su ser. 

“Disfrute de esta mañana que no olvidará jamás”, le dijo ella. Luego tomó el bastón, entró en personaje y, simulando una voz de anciana, empezó a relatar. 


Maria Alejandra Acela García

Comentarios

  1. Hijita, Dios nuestro Señor, el mismo que auxilió al terco cojo, te concedió el don que plasmaste en este hermoso cuento. Dios te bendiga, hija de mi corazón.

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