Visita al hospital: orden del día
Una situación. Una decisión, seguida de otras en cadena. Una abrumadora maraña de pensamientos surgiendo, rebotando, chocando entre sí a 88 millas por hora; pero sin viajar a través de la cuarta dimensión. Con la expectativa de estar en ninguna, quizás. Un dolor insoportable, de la mano de una lágrima traicionera, hace señales de S.O.S. Un testigo atento, con el estómago cargado de valor, arrebata el mazo y cambia el método de barajar.
Una llamada. Un trayecto. Papeleo. Espera.
Eterna e insufrible espera.
¿Me arrepiento? De haberlo hecho... ¿O de haber fallado? Decisiones, decisiones. Más espera. Pregunta de cartilla. Consejos de cajón. Nadie sabe de dolor hasta que lo sufre. Nadie sabe de enfermedad hasta que la padece. Alivio intravenoso. Mirada cargada con simpatía.
Desorden.
El desorden dispara mi desorden personal. Prisa, calor y más espera. Arrepentimiento, de lo que sea, pero no - quiero - estar - aquí. Favores bajo la manga. Una conversación desnuda a un tercio. Un error de comunicación (un tanto irónico) me recete descanso... Demasiado. Preocupación, aunque no mía.
Aún más espera. 12 horas. Ya ni sé qué se supone que estoy esperando. Purgué hasta las ganas de morir, solo quiero salir de aquí. "No puede, tiene que descansar en una cama especial"; no obstante, me cansé de esperar sentada en esa silla plástica y me acosté a dormir en el piso, saltando a ratos ese condenado tiempo de espera.
¿Será que, en realidad, no fallé y estoy en el infierno? Arrepentimiento de nuevo. Sí, ya, déjenme firmar en algún lugar, responsabilizándome -como la adulta que soy- de mi salida voluntaria de este círculo. "Sí le pasa algo, queda en su conciencia", dice un idiota a mamá.
Intentar saltar a la casilla final en estas tierras es peor que la muerte misma.
Me voy. Por fin. Aunque me quedé. Y estoy bien.

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