untitled I [cuento]

Me despierto y, antes de abrir los ojos, pienso: "es martes 13, por fin". Lo primero que veo es el techo. Está oscuro, qué raro; el día, vaya, parece lúgubre. ¿Se me volvieron a pegar las cobijas? Así solía decir mamá cuando me levantaba tarde. Me sacude un poco la risa entre dientes que este recuerdo me genera, solo que... ¿Por qué no me está sacudiendo? Me siento atrapada y cuando logro ver -con gran esfuerzo- hacia abajo, noto que... ¿se me pegaron las cobijas, literalmente? ¿Qué está pasando? Trato de respirar profundo, y es que ¿qué más puedo hacer, si no respirar? Con los brazos y el resto de mi cuerpo atrapados, trato de liberarme y gritar, pero solo logro ver todo en cámara lenta. Es incomodísimo, ¿qué está pasando?

 

Miro a mi izquierda y, repentinamente, estoy sentada, con la cobija deslizándose por mi torso y anidándose sobre mis piernas cruzadas. No escapa mi atención que lo primero que veo -ahora- es un rostro flotando y mirándome. Se me hace familiar y, esta vez, solo consigo sonreírle algo atontada. ¡Ah! Ahora sí que me sacudo, porque claro que se me hace familiar, ¡es mi propio rostro! ¿Qué diablos está pasando aquí? Me sonríe, le sonrío, nos sonreímos y nada de esto tiene sentido.

 

¿Qué es sentido? Se me va la pelota. Así solía decir mamá cuando me distraía con facilidad. Esta vez sí me sacude la risa histérica que brota dentro de mí ante lo absurdo de mi condición. Condición. Condición. Vuelve la lucidez a mis ojos y los fijo de nuevo en mi rostro flotante. "Condición", repite ella, ¿o acaso repito yo? Parece que mis labios se mueven al unísono, pero no presto mucha atención, porque lo que me dice me cae como un balde con hielo. Así decía mamá cuan... ¡Concéntrate! 

 

"Condición", repite, algo harta, y señala con los labios a mi mesita de noche. Veo un medicamento y todo cobra sentido una vez más. Estar a plena conciencia agiliza el tiempo perdido en slow motion y con gran rapidez tomo la pastilla y la engullo con ansiedad. Cierro los ojos y vuelvo a respirar profundo. Una, dos y tantas veces que pierdo la cuenta. Los vuelvo a abrir y alcanzo a verme desvanecer a mi izquierda.

 

Es de día, en realidad. Mi cobija yace en el costado de mi cama, hecha un desastre. Pruebo mover mis extremidades y logro, con milagrosa facilidad, descolgar mis piernas al borde del colchón y, con el dedo del pie, hacer a un lado esa maldita y acolchada tela; aquella que cayó sobre mi celular, cuya pantalla reza "viernes 13". 

 

¿Qué está pasando? ¿Cómo viernes, no era martes? "De nuevo soñando despierta", escucho una voz incorpórea susurrar con desprecio. La hago a un lado a ella también porque no hay tiempo, voy tarde para ir a estudiar.

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