Epístolas a un desconocido


Amar, por mitades

[2015]

I

Nunca he sabido amar. Es un hecho que mereces saber. Nunca, con N de nostalgia. Verás, que cuando uno está con la persona incorrecta no la sabe amar. Si la pones en la cúspide de la montaña, no la amas: la adoras; si, en cambio, la pones en el suelo junto al barro, tampoco la amas: la menosprecias. Supongo que cuando nos encontremos, podremos escalar juntos el paisaje, caminando hacia los astros y las estrellas, helándonos los cuerpos y calentándonos el alma. Serás (y estoy segura) la mitad que encaja perfecto en mí. Creo que somos mitades, pero no me malentiendas, es solo una rama torcida de la clásica media naranja. No te necesito, y toda la vida que he escrito hasta el día de hoy lo demuestra. Puedo escribir toda una novela sin ti. Puedo vivir una vida feliz teniéndome solo a mí. Pero, por Júpiter, que contigo sería mejor. Tú estás diseñado en cuerpo y alma para mí, loco. Pasaremos quién sabe cuánto tiempo tratando de encajar donde no pertenecemos. Me saludarás con incertidumbre desde el presente y yo te responderé con cartas y poesía sin rima desde un futuro paralelo –que para mí vendría siendo el presente, no sé si comprendas. Tú eres mi mitad y yo soy la tuya. Tú puedes vivir sin mí y yo puedo vivir sin ti. Pero, ¡imagina unirnos! El sueño humano más grande es encontrar el amor, pienso yo. Cuando te descubra a ti y tú me descubras a mí lo sabremos. Por fin, sabremos cómo amar, y de mis hechizos no te escaparás; aunque ahora seas solo un desconocido, perdido en el Universo, buscándome sin saberlo.

 

Te conocí, por mí

[2016]

II

Sigo sin saber amar. Mis palabras, mis miradas, mi respiración… todas estas presas de la poesía sacudieron las cadenas y ahora no son más que un nudo de espinas. Me encontraste fría y hecha fuego a la vez. Con un corazón congelado repiqueteando sobre ríos de malva. Hecha cicatrices frescas, recién escapada del tornado que escogí como siguiente capítulo, mientras tú no aparecías.

Metí mucho la pata, te lo confieso. Hice cosas que modelaron mi espíritu con llamas inclementes. No me arrepiento, esa es otra confesión, pero no porque me haya deleitado con el paisaje mientras lo labraba, no. Es que, de no haberlas vivido en carne y sudor, no sería la mujer que hoy en día soy; la que, de alguna manera, te enamoró.

Duele cargar con los recuerdos en la espalda. Esa es la peor cruz. Duelen más tus miradas, que sin querer hacen presión sobre la madera en mi piel al oírme reconocer mis errores del ayer. Pero sigo sin arrepentirme; sigo sin desear que se borren esos episodios de mi historia, porque, de ser así, también lo harían de mi memoria, y aunque sería un regalo bellísimo liberarla de esa penuria irremediable… si olvido, no aprendo, y si no aprendo, me encadeno en el mismo torbellino perpetuo de intenso dolor.

Sin embargo, tú y yo, dos mitades torcidas por el tiempo pero destinadas por la lógica sin sentido de la existencia, sabemos opacar lo que lastima y destacar lo que anima nuestras almas. Cuesta hacernos los locos cuando conocemos demasiado, lo sé, pero es más sencillo caminar juntos si miramos hacia adelante, al Edén.

Te conocí y no te quiero soltar. Me haces llorar de felicidad, aunque la felicidad misma reside en tu corazón, que bombea amor por mí. Ya no sé existir sin ti. Tu ausencia lacera mi ser, me hace bola y me clava al suelo, temblorosa, esperando tu regreso.

Que de verdad ya no sé existir sin ti. Ya no soy mitad. Somos ese cuerpo celestial que describían los antiguos griegos en sus mitos. Si te vas, ya no soy mitad, solo una flor más en mi tumba.

Eres la estrella más bonita de mi firmamento.

Eres el corazón más sincero.

Eres el amor de mi vida y por fin conozco tu nombre.

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