Epístolas a una conocida - I [tren]
20 de junio de 2023
1:31 p. m.
¿Qué es menos cliché que iniciar con un “Querido…”? O mejor
aún, ¿por qué me interesa leerme cliché? Quizá me preocupa no representar mi
verdad de la forma más acertada al escribir con desinterés. ¿Es desinterés el escribir
sin restricciones, sin más? Por un lado, está quién dicta que hay que ser
cuidadosas con lo que se comunica, que hay que tomarnos muy en serio, al igual
que lo que dejamos salir de nuestro interior. Por el otro, están aquellas que
invitan a una libertad casi absoluta, a la liberación emocional, al desnude sin
cautela y censura del alma. ¿Qué está bien?
Suelo tratar de recordarme que debería importarme un carajo
lo que piensen de mí. Al fin y al cabo, todos y nadie tiene la razón. Me acojo
a la subjetividad del voto personal y supongo que llego a la última parada de esta
línea del tren diciendo que, si bien me es indiferente el que empezar esta
carta con un “Querido…” sea cliché o no, sí se trata de una propuesta bastante
utilizada y muy poco creativa de mi parte. Así que le pongo un clip para
archivarlo en cosas para revisar después: sacudir mi inventiva.
Aquí vamos ahora sí.
Querido tren del pensamiento,
A pesar de compartir contigo mi vida entera, siento que no
te conozco ni un poco. ¿O será que en el camino dejamos de andar juntos en una
misma dirección? Seguro cada uno de nosotros va dejándose llevar por lo que sea
que suceda en tiempo real, de ojos para afuera. Igual de convencida estoy de
que, en algún punto de nuestra existencia, dejé de ir en armonía a tu lado para
ser arrastrada por ti a donde quisieras. ¡Mírame cómo me envalentono para echarte
la culpa! Aunque no se trata de culpas. No se trata de señalar con el dedo. Yo
soy experta en echarme culpas, eso ya lo sabes.
Mi memoria es frágil y siento que se me escapan mis años por
entre mis dedos, como si mi mente tuviera grietas traicioneras que no resisten
más, que necesitan dejar ir, ahogar la tensión. Te digo esto porque quizá sea
esa la razón por la que dejamos de compartir una misma sintonía. Es un desastre
aquí dentro y cada quien está luchando por sí mismo.
¿Qué pasa, tren? Me atrevo a preguntar, aun acabando recién
de describir la lúgubre realidad. Te distraes tan fácil. Buscas placeres y
felicidad en lo primero que se te cruce por el recuerdo, pues ya sabes qué
cosas te inyectan el nitro necesario para seguir andando. ¿Quién necesita drogas
cuando se tiene una lista extensa de momentos para escapar de la realidad? Son
tantas las situaciones de nuestra cotidianidad que amenazan nuestra paz y somos
tan frágiles… ¿Por qué somos tan frágiles? ¿Qué hay mal allá adentro?
Me siento de 16 y ya tengo 25 y solo maduran los contextos.
Maduran mis sentimientos e inversamente proporcional se debilita mi control
sobre ellos. Sobre mis pensamientos. Sobre ti, tren.
No se trata de culpas, pero sí tiene mucho qué ver la
responsabilidad, y parece ser de ambos. Aunque nos suponemos uno solo, ¿por qué
estamos tan disparejos? ¿Por qué digo ‘disparejos’, si soy una mujer y tú eres
parte de mí, pero te llamas tren, entonces lo correcto es decir ‘disparejos’ y
no ‘disparejas’, aunque no se siente bien? Ahí va la distracción de nuevo. ¡Son
tantos hilos de pensamiento que se despliegan frente a ti! Ante mis ojos igual de deseosos de escapar, de
no ser más, pero seguir siendo, así sea una coraza que aparenta ser hueca,
aunque solo se trate de una realidad difícil de vislumbrar para los demás.
Se supone que escribir sobre ti, o más bien -te a ti, es un ejercicio terapéutico, pero no siento que vaya de la mano con perdonar sino con reconectar. Te reconozco, tren. Reconozco que necesitas quién te conduzca. Necesitas descanso y yo también, al igual que control para sentir tranquilidad, pero esa es otra carta bajo clip en mi archivo personal.
¿Estaré en lo correcto? Te escucho, pero es abrumador tratar de comprender lo que intentas decir. Es como si cada línea por la que transitas cobrase vida y hablasen al tiempo, anhelando ser validadas por lo sienten y por sus necesidades que se ramifican hasta el centro de nuestro existir.
Baja la velocidad, por favor. Se me escapa todo por entre mis
dedos y siento las grietas expandirse por todo mi cuerpo, por todo mi ser.
¿Qué está bien? ¿Soy yo o es algo en mí?
Hablamos pronto, tren. Aún queda mucho por conversar. Después
de todo, quizá sí te conozco un poco.
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